El cáncer de páncreas tiene en nuestro medio una incidencia de 9 a 12 casos por 100.000 habitantes/año, y representa la cuarta causa de muerte por cáncer en el hombre y la quinta en la mujer (1-3). Su incidencia aumenta con la edad, el 80% de los casos se diagnostica entre la sexta y la octava décadas de la vida. Es más frecuente en varones y en países industrializados. En los últimos años se ha detectado un aumento de casos de cáncer de páncreas, debido, fundamentalmente, al envejecimiento de la población (3, 4).
El pronóstico de esta neoplasia es muy pobre: la supervivencia actual a tres años es menor del 5% (1, 3, 5). A pesar de los avances en técnicas diagnósticas, tan sólo entre el 7% y el 20% de los enfermos en el momento del diagnóstico tienen un tumor que sea resecable; y aún en este caso (tumor resecable, limitado a la glándula pancreática y menor de 2 cm de tamaño), la supervivencia a los cinco años es entre el 20% y el 40% (1, 3).
En este protocolo nos referiremos a tumores situados en una localización concreta: en el páncreas, la ampolla de Vater o el tracto biliar intrapancreático. El 98% (6) de los tumores de estas localizaciones corresponden histológicamente a carcinomas, y frecuentemente no se puede determinar el origen primario de los mismos.
GRUPOS DE RIESGO
La mayoría de los casos de cáncer de páncreas se diagnostican en fases tardías de la enfermedad, con lo cual sólo se puede intentar un tratamiento curativo en menos del 15% de los casos (7). Así pues, actualmente, el interés se centra en la detección y seguimiento de pacientes pertenecientes a grupos de riesgo, con la finalidad de intentar detectar esta neoplasia en fases más tempranas.
Los factores de riesgo mejor establecidos son: el tabaco, una dieta pobre en frutas y verduras, así como la exposición a aminas aromáticas (3, 8) y compuestos organoclorados (9). El desarrollo de diabetes no dependiente de la insulina sin historia familiar en pacientes mayores de 50 años es también un factor de riesgo reconocido (10). En este metaanálisis se describió un riesgo relativo de desarrollo de cáncer de páncreas en diabéticos de 2,0%.
Los pacientes con pancreatitis crónica, y en particular los casos de etiología alcohólica e idiopática, presentan un riesgo aumentado de desarrollar un cáncer de páncreas. En un estudio multicéntico se observó que el riesgo acumulado a los 20 años del diagnóstico de pancreatitis crónica es del 4% (11).
Sin embargo, el grupo más importante corresponde a los pacientes con pancreatitis crónica hereditaria. En estos enfermos, el riesgo acumulado estimado de desarrollar un cáncer de páncreas a lo largo de su vida es del 60% a 75%, lo que corresponde a un riesgo 53 veces mayor que el de la población general (12, 13). La pancreatitis crónica hereditaria es una enfermedad autosómica dominante de penetrancia incompleta, caracterizada por una mutación en el gen que codifica al tripsinógeno catiónico (PRSS1), situado en el brazo largo del cromosoma (14). Se caracteriza por su iniciarse entre los 20 y 40 años, aunque puede presentar un curso indolente. Actualmente se han identificado ya varias mutaciones: R122H, N291, K32R, A16V, D22G.
CLÍNICA
La sospecha de un cáncer de páncreas se establece en la mayoría de los casos ante un cuadro clínico de dolor abdominal, ictericia, anorexia y pérdida de peso; aunque la sintomatología inicial puede corresponder a un episodio de pancreatitis aguda, un inicio de diabetes, un cuadro de malabsorción, una vesícula biliar palpable o incluso una esplenomegalia (15). Algunos síntomas pueden predecir la localización e incluso implican un factor pronóstico.
El dolor abdominal es el síntoma más frecuente, tanto en tumores de gran tamaño como en aquellos menores de 2 cm. El dolor es típicamente insidioso, nocturno, de localización epigástrica e irradiado a los costados o a la espalda. Suele llevar presente uno o dos meses en el momento del diagnóstico. Es secundario a compresión mecánica de las estructuras vecinas y a la invasión tumoral, tanto del tejido perineural como de elementos neurales (16). En su irradiación posterior se asocia a mal pronóstico, pues suele implicar un compromiso del cuerpo y cola de páncreas, e infiltración del tronco celíaco o del nervio esplácnico.
La ictericia es secundaria a obstrucción biliar, por lo que se encuentra más frecuentemente en los tumores situados en la cabeza pancreática y, especialmente, en tumores mayores de 2 cm. Es, lógicamente, un signo temprano en tumores localizados junto a la vía biliar principal. Incluso se ha relacionado la ictericia indolora con una neoplasia potencialmente curable y resecable (17). Cuando aparece en tumores de cuerpo y cola de páncreas es un signo tardío, y generalmente es secundaria a metástasis hepáticas. La ictericia es colostásica, y suele ser progresiva, salvo en tumores de la ampolla en los que puede ser intermitente y debida a necrosis tisular esporádica. La vesícula biliar se palpa (signo de Courvoisier) en menos del 50% de casos, pero cuando está presente es un signo claramente sugestivo de obstrucción maligna.
Se puede objetivar pérdida de peso en la mayoría de enfermos, y suele ser el primer signo de esta enfermedad. La pérdida ponderal se debe a varios factores (15): el metabolismo catabólico inducido por el tumor, una ingesta calórica menor secundaria a anorexia y vómitos, y especialmente a malabsorción.
El inicio de una diabetes mellitus, además de poder ser la primera manifestación de un cáncer de páncreas, también se ha descrito como factor de riesgo para esta enfermedad. El cáncer de páncreas no sólo altera el metabolismo de la glucosa mediante infiltración tumoral y destrucción de islotes pancreáticos, sino que también induce resistencia periférica a la insulina (18).
Un episodio de pancreatitis aguda es la manifestación inicial de una neoplasia pancreática en aproximadamente un 3% de los casos (19). Sin embargo, es mucho más frecuente el hallazgo de inflamación pancreática en el análisis histológico de las muestras de cáncer de páncreas. La inflamación de la glándula pancreática puede deberse a obstrucción del Wirsung, invasión del parénquima, trombosis vascular secundaria al tumor o, incluso, a inducción de activación intraductal de tripsinógeno.
Un cuadro clínico de malabsorción es una forma inicial infrecuente de inicio de esta enfermedad, pero es un fenómeno frecuente en el cáncer de páncreas, y contribuye de forma importante a la pérdida de peso en estos enfermos. La deficiencia secretora es secundaria a un compromiso del conducto pancreático.
Otras manifestaciones clínicas excepcionales son: tromboflebitis migratoria en cualquier territorio, pero especialmente una trombosis venosa mesentérica, esplenomegalia, hemorragia digestiva, penfigoide bulloso o cicatricial o, incluso, alteraciones mentales, especialmente depresión.
ESTRATEGIA DIAGNÓSTICA
Ante un enfermo con una clínica sugestiva de un cáncer de páncreas se debe realizar:
Historia clínica completa con antecedentes familiares.
Exploración física.
Analítica plasmática general, incluyendo bioquímica hepática completa, coagulación, función renal e ionograma, amilasa, lipasa, proteínas totales y albúmina; así como CA 19,9.
También es recomendable un TAC abdominal, helicoidal si está disponible (ver ALGORITMO 1).
Antes de considerar las diferentes posibilidades en función de los resultados obtenidos de estas exploraciones, vamos a valorar la utilidad de los marcadores tumorales y de las diferentes pruebas de imagen disponibles en el diagnóstico del cáncer de páncreas.
Marcadores tumorales. Oncogenes
Varios marcadores tumorales pueden encontrarse elevados en el cáncer de páncreas, pero ninguno de los marcadores tumorales séricos disponibles actualmente es suficientemente sensible o específico.
El CA 19.9, utilizado como complemento de otras pruebas diagnósticas, es el marcador tumoral que actualmente presenta mayor utilidad en la práctica clínica. Utilizando un nivel dintel de 37 U/ml se han descrito los mejores valores: sensibilidad 70% y especificidad 87% (20,21). Sin embargo, cualquier causa de obstrucción del tracto biliar, incluida una litiasis, puede determinar una elevación de sus niveles. Otro marcador tumoral que también se utiliza es el CA 50 con un límite superior de la normalidad de 25 U/ml, su sensibilidad y especificidad es inferior a la del CA 19.9.
En cuanto a la utilización de alteraciones genéticas como pruebas diagnósticas, debemos mencionar algunos aspectos del oncogen K-ras, así como el estudio de las mutaciones genéticas en familias susceptibles de presentar una pancreatitis crónica hereditaria.
Una mutación en el oncogen K-ras es la anomalía genética detectada con más frecuencia en el cáncer de páncreas, aunque también se da en enfermos con pancreatitis crónica (22). Puede identificarse en el jugo duodenal, muestras citológicas, heces e incluso sangre periférica, y podría ser un marcador temprano en pacientes de riesgo, pero su papel está aún por determinar, y todavía no está disponible su determinación de rutina.
La detección de mutaciones en el gen del tripsinógeno catiónico es especialmente importante en pacientes sospechosos de padecer una pancreatitis hereditaria, y puede condicionar, para algunos autores, una pancreatectomía radical profiláctica en familiares portadores de la mutación.
Pruebas de imagen
En el diagnóstico del cáncer de páncreas se han empleado ECO, TAC, ERCP, y, más recientemente TAC helicoidal, RM y EE. Sin embargo, la sensibilidad y especificidad de estas pruebas diagnósticos es muy heterogénea, ya que el resultado puede ser normal hasta que el tumor es demasiado grande para ser resecable.
Aunque la ecografía abdominal suele ser la primera prueba diagnóstica que se realiza, es poco sensible para tumores de pequeño tamaño, y, por tanto, en estadios iniciales de la enfermedad. Además, no siempre permite valorar toda el área pancreática.
El TAC helicoidal abdominal es el test de imagen que recomendamos practicar inicialmente, puesto que permite no sólo la visualización completa del área pancreática, sino que también puede utilizarse para estadiar el tumor y detectar la extensión extrapancreática y las metástasis hepáticas. La sensibilidad y especificidad del TAC convencional es del 80% y 90%, repectivamente (23), pero la sensibilidad desciende hasta un 53% (24) en lesiones menores 3 cm. Sin embargo, con el empleo del TAC helicoidal dicha sensibilidad puede aumentar hasta un 85% a 90% (5, 25), aunque no supera el 67% para lesiones menores de 15 mm (3).
Actualmente, tiende a utilizarse la RM, sin embargo, no mejora la sensibilidad del TAC helicoidal (3, 20), aunque puede aumentar la especificidad, y, por lo tanto, permite definir imágenes indeterminadas visualizadas mediante TAC.
La EE es actualmente la técnica diagnóstica que presenta la mejor sensibilidad y especificidad en el diagnóstico del cáncer de páncreas (20): en manos de un operador experimentado, se han descrito valores de sensibilidad y especificidad del 99% y 100%, respectivamente (26). Es especialmente útil en la detección de lesiones menores de 3 cm, y, en particular, para lesiones <1,5 cm (5). Además, en caso de tener disponible punción por EE, es posible la confirmación histológica (27).
Así, pues, la EE permite la detección de lesiones más pequeñas, y puede determinar con mayor fiabilidad la invasión local de estructuras vecinas y la afectación de adenopatías regionales (28). Es también la técnica más fiable para determinar el compromiso de las grandes estructuras vasculares vecinas (en concreto invasión de tronco celiaco, porta, arteria y vena mesentérica superior y hepática común), lo que determina en gran medida la resecabilidad del tumor (20, 28).
La ERCP actualmente tiende a utilizarse menos en el diagnóstico de estos tumores, se reserva para el tratamiento paliativo, y la derivación de lesiones no resecables y, por tanto, no tributarias de tratamiento curativo (20).
La tomografía por emisión de positrones (PET) tiene como inconveniente la falta de exactitud topográfica en comparación con otras técnicas, sin embargo tiene una sensibilidad mayor en la detección de metástasis ganglionares y en la detección de recidivas (29). La realidad es que todavía queda por definir el papel de esta técnica en diagnóstico del cáncer de páncreas.
Así pues, recomendamos la práctica de un TAC helicoidal como primera prueba diagnóstica y una EE en segundo lugar.
ESTADIAJE
Como hemos mencionado, la mayoría de los enfermos presentan en el momento del diagnóstico un tumor demasiado avanzado para poder plantear un tratamiento curativo. El estadiaje se realiza mediante el estudio ya practicado para el diagnóstico. Con el TAC helicoidal ya puede ponerse de manifiesto la extensión de la neoplasia, así como la existencia de metástasis, se considera tan sensible como una RM para esta indicación (20); además la EE está considerada la técnica de elección para la valoración de la invasión local del cáncer de páncreas (20, 25, 28): invasión vascular y afectación de adenopatías.
Tras la práctica de este estudio, tendremos tres posibles situaciones (ver ALGORITMO 1):
Si el TAC no evidencia lesión pancreática, plantearemos la realización de una RM antes de descartar una neoplasia pancreática.
Si tanto el TAC como la EE son compatibles con un tumor potencialmente resecable, no se considera precisa una confirmación histológica (20, 30), y recomendamos remitir para intervención quirúrgica.
Si en el TAC abdominal ya se identifican una tumoración demasiado grande para ser resecable o metástasis, recomendamos la confirmación histológica mediante punción para poder plantear un tratamiento paliativo apropiado. Si el enfermo presenta una clínica sugestiva de dificultad al vaciamiento gástrico, se realizará una fibrogastroscopia o un tránsito baritado, para valorar si existe un compromiso duodenal.
TRATAMIENTO
El cáncer de páncreas es una de las neoplasias más agresivas, de diagnóstico tardío y con un pronóstico extremadamente pobre. No responde al tratamiento radioterapéutico, quimioterapéutico ni inmunológico. Así pues, la resección quirúrgica es el único tratamiento curativo en estos momentos. Aunque los índices de resecabilidad han aumentado en los últimos años, el 88% de los cánceres de páncreas se detectan cuando el cáncer es irresecable, bien por extensión local o por enfermedad metastática.
Resecabilidad
El cáncer de páncreas resecable es aquel que presenta ausencia de metástasis hepáticas o peritoneales, o adenopatías que no queden incluidas en la pieza operatoria, así como ausencia de afectación de las grandes estructuras vasculares: el tronco celíaco y sus ramas, y la vena porta y mesentérica superior.
Tratamiento con intención curativa
La resección quirúrgica es el tratamiento curativo en el cáncer de páncreas. Puesto que en la mayoría de los casos de cáncer resecable éste se localiza en la cabeza pancreática, la intervención indicada es la descrita por Whipple en 1942.
Esta intervención incluye: antrectomía (resección del 40% a 50% del estómago), colecistectomía, resección del colédoco distal, de la cabeza del páncreas, del duodeno, del yeyuno proximal y de los ganglios regionales, y reconstrucción mediante pancreaticoyeyunostomía, hepatoyeyunostomía, y gastroyeyunostomía. Realizada por cirujanos con experiencia, tiene una mortalidad inferior al 2% (30, 31).
Variantes del Whipple clásico son:
Resección de Whipple con preservación del píloro: no se practica gastrectomía y se conservan 3 a 4 cm de duodeno con el fin de intentar facilitar y disminuir los problemas nutricionales en el postoperatorio. Sin embargo, comparado con enfermos sometidos al Whipple clásico no se ha demostrado mejoría en la supervivencia.
Resección de Whipple radical: incluye más tejido pancreático y peripancreático, así como resección ganglionar regional más amplia y en ocasiones fragmentos de la vena porta y arteria mesentérica superior, con el fin de intentar disminuir la recidiva tumoral. Actualmente, sólo se practica de forma sistemática en Japón, ya que no se ha evidenciado una clara mejoría en la supervivencia.
En los tumores situados en cuerpo y cola de páncreas se realiza una pancreatectomía distal y resección de adenopatías regionales.
El análisis multivariado (32) de los factores pronósticos tras la intervención quirúrgica permite identificar tres factores:
Tumor menor de 3 cm de tamaño.
No afectación de adenopatías regionales.
Márgenes quirúrgicos con ausencia de invasión neoplásica.
La supervivencia tras el tratamiento quirúrgico sigue siendo muy pobre. La mayoría de los estudios muestran una supervivencia media de 18 a 20 meses, con una supervivencia a los cinco años del 10% (33). En la mayoría de los casos fallecen por recurrencia tumoral. Por este motivo, en muchos centros se asocia el tratamiento quirúrgico a radioterapia y quimioterapia concomitante con 5-fluouracilo (durante seis meses).
Tratamiento paliativo
Por desgracia, éste será el tratamiento dirigido a la mayoría de pacientes: los que presentan enfermedad localmente avanzada y los que presentan enfermedad metastática. En esta sección incluimos el tratamiento médico, quirúrgico o endoscópico no curativo, así como la quimioterapia y radioterapia.
El tratamiento paliativo está dirigido a aliviar diversas molestias:
Colestasis: mediante coledocoyeyunostomía si el colédoco es >1 cm, mediante colecistoyeyunostomía si la vesícula biliar está alejada de la masa tumoral, o mediante la colocación de una prótesis. Si es técnicamente posible, la prótesis debe colocarse por vía endoscópica, pues ha demostrado mejores resultados y menor mortalidad que por vía percutánea (34). Son de elección los stents metálicos autoexpandibles (35), cuya tasa de permeabilidad a los seis meses es superior a la de los de plástico. Prácticamente todas las prótesis de plástico se obstruyen entre los dos y seis meses.
Dolor: el dolor se puede tratar de un modo satisfactorio mediante esplanicectomía toracoscópica o por bloqueo del plexo celíaco intraoperatorio o percutáneo. Si estas opciones no se consideran apropiadas, está indicada la analgesia con morfina de liberación prolongada, que ha demostrado buenos resultados (36).
Vómitos: los vómitos son muy frecuentes en estos enfermos, en la mayoría de los casos son secundarios a un compromiso nervioso. De hecho, un 60% de estos enfermos tienen un vaciamiento gástrico alterado (37). Son de difícil tratamiento y responden parcialmente al tratamiento procinético. Un 18% a 20% de enfermos desarrollan obstrucción duodenal por invasión tumoral (38). En estos casos está indicada la realización de una gastroyeyunostomía, asociada a una derivación biliar quirúrgica.
Insuficiencia pancreática exocrina y malabsorción: la malabsorción secundaria a un compromiso de la secreción pancreática exocrina es un factor fundamental en la pérdida de peso de estos enfermos (39). Así, recomendamos un adecuado suplemento de enzimas pancreáticas, con una dosis que oscile entre 25000-40000 UI de lipasa por comida.
Depresión: la desempeña un papel importante en un 35% a 40% de los enfermos, fundamentalmente es secundaria a un manejo incorrecto del dolor (40), pero puede requerir además tratamiento específico.
La quimioterapia tiene un papel fundamental en el tratamiento de estos enfermos. Aunque no ha conseguido aumentar claramente la supervivencia, sí ha demostrado una clara mejoría en el estado general de estos enfermos y en su calidad de vida (41). Sólo dos agentes quimioterapéuticos han podido demostrar mejorías de al menos cinco meses en la supervivencia: 5-fluorouracilo y gemcitabina (42-44).
Actualmente en la mayoría de los casos el tratamiento se realiza dentro de protocolos de investigación: se utiliza radioterapia en combinación con tratamiento quimioterapéutico, fundamentalmente en combinación con 5-fluorouracilo. Después del tratamiento combinado se realiza un estadiaje para valorar si es factible una cirugía de rescate.
BIBLIOGRAFÍA
1) Rösch T, Braig C, Gain T et al. Staging of pancreatic and ampullary carcinoma by EUS. Comparison with conventional US, CT and angiography. Gastroenterology 1992; 102:188-9.
2) Voss M, Hammel P, Molas G et al. Value of endoscopic US guided fine needle aspiration biopsy in the diagnosis of solid pancreatic masses. Gut 2000; 46: 244-9.
3) Gress FG, Hawes R H, Savides TJ, Ikenberry SO et al. Role of EUS in the preoperative staging of pancreatic cancer: a single-center experience. Gastrointest Endosc 1999; 50: 786-91.
4) Annovazzi A, Peeters M, Maenhout A. et al. 18-fluorodeoxyglucose positron emission tomography in nonendocrine neoplastic disorders of the gastrointestinal tract. Gastroenterology 2003; 125: 1235-45.
5) Trede M, Schwall G, Saeger HD. Survival after pancreatoduodenectomy: 118 consecutive resections without an operative mortality. Ann Surg 1990; 211: 447-58.
6) Cameron JL, Pitt H A, Yeo C J, et al. One hundred and forty-five consecutive pancreatoduodenectomies without mortality. Ann Surg 1993; 217: 430-8.
7) Yeo CJ, Cameron JL, Lillemoe KD, Sitzmann JV, Hruban RH, Goodman S N, Dooley W C , Coleman J., Pitt H.A. Pancreaticoduodenectomy for cancer of the head of the pancreas. 201 patients. AnnSurg 1995; 221: 721-31.
8) Livingston EH, Welton ML, Reber HA. The United States´ experience with surgery for pancreatic cancer. Int J Pancreatol 1991; 9: 153-7.
9) Speer AG, Cotton PB, Russell RC et al. Randomized trial of endoscopic versus percutaneous stent insertion in malignant obstuctive jaundice. Lancet 1987; 2: 57-62.
10) Prat F, Chapat O, Ducto B, Ponchon T, Pelletier G, Fritsch J, Choury AD, Buffet C. A randomized trial of endoscopic drainage methods for inoperable malignant strictures of the common bile duct. GastrointestEndosc 1998; 47: 1-7.
11) Kawamata M, Ishitani K, Ishikawa K et al. Comparison between celiac plexus block and morphine treatment on quality of life in patients with pancreatic cancer pain. Pain 1996; 64: 597-602.
12) Barkin JS, Goldberg RI, Sfakianakis GN, Levi J. Pancreatic carcinoma is associated with delayed gastric emptying. Dig Dis Sci 1986; 31: 265-7.
13) Singh SM, Longmire WP, Reber HA. Surgical palliation for pancreatic cancer. The UCLA experience. Ann Surg 1990; 212: 132-9.
14) Perez MM, Newcomer AD, Moertel CG et al. Assessment of weight loss, food intake, fat metabolism, malabsorption, and treatment of pancreatic insufficiency in pancreatic cancer. Cancer 1983; 52: 346-52.
15) Kelsen DP, Portenoy RK, Thaler HT et al. Pain and depression in patients with newly diagnosed pancreas cancer. J Clin Oncol 1995; 13: 748-55.
16) Glimelius B, Hoffman K, Sjöden PO et al. Chemotherapy improves survival and quality of life in advanced pancreatic and biliary cancer. Ann Oncol 1996; 7: 593-600.
17) Tempero MA. Chemotherapy of pancreatic cancer. Reber H., ed. Advances in pancreatic cancer. Totowa, NJ: Humana, 1998: 265-80.
18) Burris HA, Moore MJ, Andersen J et al. Improvements in survival and clinical benefit with gemcitabine as first-line therapy for patients with advanced pancreatic cancer: a randomized trial. J Clin Oncol 1997; 15: 2403-13.
19) Neoptolemos JP, Stocken DD, Friess H et al. A randomised trial of chemoradiotherapy and chemotherapy after resection of pancreatic cancer. N Engl J Med 2004; 350:1200-10.
20) Warshaw AL, Fernández-Del Castillo C. Pancreatic carcinoma. N Engl JMed 1992; 326: 455-65.
21) Wanebo HJ, Vezeridis MP. Pancreatic cancer in perspective, a continuing challenge. Cancer 1996: 78 (3); 580-91.
22) DiMagno EP. Pancreatic cancer: clinical presentation, pitfalls and early clues. Ann Oncol 1999; 10 (Suppl 4): 140-2.
23) Riela A, Zinsmeister AR, Melton LJ et al. Increasing incidence of pancreatic cancer among women in Olmsted County, Minnesota, 1940 through 1988. Mayo Clin Proc 1992; 67: 839-45.
24) Hermanek P, Wittekind C. Pathology of exocrine pancreatic carcinoma. En: Dervenis, C.G. (Ed). Advances in pancreatic disease, molecular biology, diagnosis and treatment. Georg Thieme Verlag, Stuttgart - New York 1996.
25) Carriaga MT, Henson DE. Liver, gallblader, extrahepatic ducts and pancreas. Cancer 1995; 75: 171-90.
26) Niederhuber JE, Brennan MF, Menck HR. The National Cancer Data Base report on pancreatic cancer. Cancer 1995; 76: 1671-7.
27) Haddock G, Carter DC. Aetiology of pancreatic cancer. Br J Surg 1990; 77: 1159-66.
28) Porta M, Malats N, Jariod M et al. Serum concentrations of organochlorine compounds and K-ras mutations in exocrine pancreatic cancer. Lancet 1999; 354: 2125-9.
29) Everhart J, Wright D. Diabetes mellitus as a risk factor for pancreatic cancer: A meta-analysis. JAMA 1995; 273: 1605-9.
30) Lowenfels AB, Maisonneuve P, Cavallini G. et al. Pancreatitis and the risk of pancreatic cancer. N Engl J Med 1993; 328: 1433-7.
31) Lowenfels AB, Maisonneuve P, DiMagno EP et al. Hereditary pancreatitis and the risk of pancreatic cancer. J Natl Cancer Inst 1997; 89: 442-6.
32) Howes N, Wong T, Greenhalf W. et al. Pancreatic cancer risk in hereditary pancreatitis in Europe. Digestion 2000; 60: 300.
33) Whitcomb DC. Hereditary pancreatitis: new insights into acute and chronic pancreatitis. Gut 1999; 45: 317-22.
34) Modolell I, Guarner L, Malagelada, J-R. Vagaries of clinical presentation of pancreatic and biliary tract cancer. Ann Oncol 1999; 10 (Suppl 4): S82-4.
35) Bockman DL, Büchler M, Beger HG. Interaction of pancreatic ductal carcinoma with nerves leads to nerve damage. Gastroenterology 1994; 107: 219-30.
36) Kalser MH, Barkin J, MacIntyre J M. Pancreatic cancer: Assessment of prognosis by clinical presentation. Cancer 1985; 56: 397-402.
37) Permert J, Larsson J, Westermark GT et al. Islet amyloid polypeptide in patients with pancreatic cancer and diabetes. N Engl J Med 1994; 330: 313-8.
38) Gambill EE. Pancreatitis associated with pancreatic carcinoma: A study of 26 cases. Mayo Clin Proc 1971; 46: 174-7.
39) AGA Medical Position Statement: Epidemiology, diagnosis, and treatment of pancreatic ductal adenocarcinoma. Gastroenterology 1999; 117: 1463-84.
40) Kim HJ, Kim MH, Myung SJ, et al. A new strategy for the application of CA 19.9 in the differentiation of pancreaticobiliary cancer: analysis using a receiver operating characteristic curve. Am J Gastroenterol 1999; 94: 1941-6.
41) Castells A, Puig P, Mora J, et al. K-ras mutations in DNA extracted from plasma of patients with pancreatic carcinoma. Diagnostic utility and prognostic significance. J Clin Oncol 1999; 17: 578-84.
42) Niederau C, Grendell MC. Diagnosis of pancreatic carcinoma. Imaging techniques and tumor markers. Pancreas 1992; 7: 66-86.
43) Muller MF, Meyenberger C, Bertschinger P, Schaer R, Marincek B. Pancreatic tumors: evaluation with endoscopic US, CT, and MR imaging. Radiology 1994; 190: 745-51.
44) Bluembeke DA, Cameron JL, Hruban RH et al. Potentially resectable pancreatic adenocarcinom: Spiral CT assessment with surgical and pathologic correlation. Radiology 1995; 197: 381-5.